Por: Sr. PR
El monstruo que desgarró y devoró a Emilio
La nave aterrizó un domingo. Nadie creía que podría lograrlo, pero con su enorme casco naranja y su traje espacial pisó firme y conquistó el planeta. Aunque Emilio tenía el respaldo de apenas una tercera parte de los que ahí habitaban, ese día fue una fiesta. Una celebración que duró muy poco, pues aquel suelo ya había sido explorado, explotado y salvajemente saqueado por el ejército guinda, comandado por un enorme monstruo de tres cabezas y poder supremo.
Como en toda conquista, aquel ente que dominaba el territorio no se dejaría doblegar. Y claro, no iban a entregar en bandeja de plata al nuevo conquistador un sitio con vastos recursos, de donde emanaba todo lo necesario para darse lujos, placeres y manjares para vivir como reyes, en una tierra donde los que no tenían poder apenas recibían las sobras… y a veces, ni eso.
El planeta era bello, pero años de saqueo y explotación lo habían corrompido, rodeándolo de una atmósfera gris que enloquecía a quienes lo pisaban sin amarrarse lo suficiente al suelo. Los hacía flotar de poder y les borraba la cordura de la mente; alimentaba su ego y les subía el estómago al cerebro. Era una calamidad para quienes alcanzaban lo más alto, pues perdían el sentido de comunidad y solo veían por su propio bienestar.
En cuanto lo vieron descender lleno de color naranja, el láser de las pistolas del ejército guinda, comenzaron a atacar al joven libertador Emilio. Su incapacidad de mantener la boca cerrada y los pies firmes en el suelo provocó que cada proyectil contrario abriera un boquete en su casco, permitiendo que los gases tóxicos inundaran su sistema. Su ejército no se comparaba para combatir al gigante y cegados por la avaricia que despertaba aquel lugar comenzaron a dividirse entre ellos.
Las bocanadas de gas le hicieron creer que merecía —al igual que quienes ya estaban ahí— una vida de lujos, placeres y manjares, cuando ni siquiera había logrado colonizar el lugar donde aterrizó su nave. Eso provocó que perdiera adeptos a su causa, otros en cambio, seguían con reservas.
Así, hundido entre la soberbia, ufano por haber llegado y logrado lo que otros viajeros espaciales no pudieron, Emilio se perdió en la toxicidad del poder que aún no tenía en sus manos. Se envenenó con las partículas de furia que entraron en su cuerpo al no soportar las bacterias del ejército enemigo: podrido, corrupto y vil.
Emilio tenía buenas intenciones, tenía la razón. Llegó como pudo, tuvo la victoria en sus manos, pero lo volvió loco su arrogancia. Creyó que podría dominar a aquel ente enorme que corrompe, que engaña, que promete y traiciona… Emilio fue tragado y consumido por un poder maligno al que retó sin la madurez suficiente para enfrentarlo.
Hoy sigue su lucha. A lo lejos se le escucha combatir, con una espada de madera, a una enorme mole de ocho brazos y tres cabezas, que escupe fuego y carga armamento láser. Hay quienes aún tienen esperanza de que logrará vencer al monstruo; otros solo lamentan la miseria en la que les ha tocado vivir y ven cómo otro salvador es acuchillado, desgarrado y devorado vivo frente a todos… casi como lo hace un enorme gobierno que aniquila a sus adversarios políticos.



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