Hoy, en medio de días que se confunden entre fechas y recuerdos, la realidad sigue siendo dura: las calles continúan destrozadas, el polvo se ha vuelto parte del paisaje y la incertidumbre aún domina nuestra ciudad.
Mientras escribo estas líneas, recuerdo que en nuestra cultura celebramos a nuestros muertos; sin embargo, este año esa conmemoración tiene un sabor distinto. Duele pensar en quienes perdieron a un ser querido durante esta emergencia, en vidas que tal vez aún no era tiempo de que se apagaran al menos no desde lo biológico o lo humano.
Nos enfrentamos a la inmensidad de la naturaleza, a su fuerza incontenible, y a noticias que por momentos parecen sacadas de un guion de Hollywood… pero no lo son.
Hoy sigo viendo dos Poza Rica: una que lucha día a día por salir adelante, y otra que corre a marchas forzadas por recuperar la normalidad. No juzgo a ninguna, porque eso mismo ocurre con la muerte: el show debe continuar. Lo que cambia, sin duda, es la manera de ver la vida después de una tragedia. Los desastres transforman nuestra mirada, y tristemente, solo comprendemos su peso cuando nos toca vivirlos.
Podría decir que comparto el dolor, pero sería injusto afirmarlo. No llego a casa sin techo, tengo servicios básicos y mi familia está bien. Sin embargo, desde aquel 10 de octubre he visto el dolor en demasiados ojos, la pérdida reflejada en muchos hogares y una tristeza que no se disfraza con palabras.
Si algo tenemos todos en común, es la muerte. Desde niño he pensado en ese momento inevitable, pero aún no logro entender ,ni aceptar que este proceso tan natural pueda llegar de forma tan cruel, tan repentina, tan impuesta por un desastre.
Y surge la pregunta del millón: ¿se pudo evitar?
Difícil responder… pero creo que sí se pudo administrar. Los riesgos nunca se eliminan, pero sí se gestionan. Esa debería ser la verdadera función del gobierno federal, estatal y municipal: reubicar, planear y prevenir, no limitarse a entregar apoyos. Hoy fue esta emergencia; mañana podría ser otra. No olvidemos que vivimos en una zona petrolera, con colonias edificadas sobre derechos de vía de Pemex, zonas que jamás debieron urbanizarse.
Como sociedad, ya es momento de concientizar y actuar en materia de prevención.
¿Cuántas muertes más necesitamos para reaccionar?
Cada desastre nos da una lección, pero la memoria suele ser corta: pasa el tiempo, se limpia el lodo, y volvemos a construir sobre el mismo riesgo.
Ojalá esta vez sea distinto. Ojalá comprendamos que detrás de cada pérdida hay una historia, una familia, un futuro que ya no será. Que no se repita, que no lo normalicemos.
Entiendo que la muerte es parte del ciclo natural, el punto final que a todos nos espera. Pero incluso así, esta carrera perdida debería ser la que más nos inspire a luchar: luchar para que llegue lo más tarde posible, luchar para que la vida y la prevención le sigan ganando terreno.
Nos leemos el próximo lunes
@llamada de emergencia



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