«No quiero que lloren, no quiero sus lágrimas» resuena canción «Mi Último deseo» durante sepelio del reportero Carlos Castro.
POZA RICA, VER. – El sol estaba oculto y el aire se tornó helado sobre la ciudad. En el panteón Jardines de los Ángeles el aroma a tierra húmeda y las flores, preparaban la despedida de uno de los reporteros más jóvenes: Carlos Castro.
No solo llevaban un ataúd, familias y amigos cargaban con la indignación de un gremio y el vacío de una familia.
Antes de que el primer puño de tierra sellara la despedida, el ambiente cambió, la música de guitarras se abrió paso entre la multitud, con los primeros acordes de «Mi último deseo» rasgaron el aire, el llanto contenido se desbordó.
Fue un instante donde el periodismo y la vida personal se fundieron en una sola melodía. La voz del cantante, ronca por la emoción, lanzó al viento la estrofa que todos temían pero que todos necesitaban escuchar: “No quiero que lloren, no quiero sus lágrimas”.
Esa frase, popularizada por Los Recoditos, dejó de ser una letra cualquiera para convertirse en un ruego póstumo. En el rostro de sus colegas, curtidos por cubrir la nota roja de cada día, se asomaron lágrimas que no pudieron esconderse.
La música imponía una tristeza que calaba hasta los huesos Los músicos, con su ritmo dieron a la despedida y el lento descenso del féretro un abrazo al alma: “Quiero estar contento mientras viene el día de vestir de negro a toda mi familia», cantaban.
La despedida de Carlos no fue de discursos largos ni de protocolos rígidos. Fue una despedida de cariño, de amigos y de familia.
Fue el eco de una canción que intentaba consolar a una madre y a una ciudad que se siente cada vez más sola. Mientras la última notas se desvanecían, quedó claro que, aunque la música pedía no llorar, el gremio no pudo evitarlo.



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