Por Gustavo García Salazar
El valor de ser madre y servir en instituciones de emergencia
Hoy, mientras muchos celebran con flores y desayunos el Día de las Madres, existen mujeres que probablemente pasarán esta fecha arriba de una ambulancia, en una patrulla, detrás de un radio de comunicación, dentro de una estación de bomberos o portando un uniforme militar. Mujeres que, antes de ser reconocidas por su profesión, ya habían aprendido la labor más difícil de todas: ser madres.
Porque pocas cosas deben ser tan complicadas como dividir el corazón entre el deber y la familia.
Ser madre dentro de una institución de emergencia no es solamente portar un uniforme; es cargar diariamente con la preocupación de no saber si regresarán a casa después de una guardia, un incendio, una persecución, un rescate o una misión. Mientras muchas familias duermen, ellas permanecen alerta atendiendo accidentes, emergencias médicas o situaciones que la mayoría preferiría nunca ver.
Y aun así, regresan a casa para seguir siendo mamá.
La sociedad pocas veces alcanza a dimensionar el sacrificio detrás de una mujer paramédico, bombera, policía o militar. Detrás de cada guardia de 24 horas hay cumpleaños perdidos, festivales escolares ausentes, comidas familiares canceladas y noches enteras sin dormir.
Hay madres que han tenido que escuchar el “¿por qué no viniste?” de un hijo pequeño mientras intentan explicar que alguien necesitaba ayuda y que su deber era estar ahí.
No es fácil.
No es sencillo salir de casa dejando a un hijo enfermo para atender la emergencia de alguien más. Tampoco llegar después de una jornada desgastante y todavía tener energía para revisar tareas, preparar uniformes escolares o simplemente abrazar a sus hijos aunque el cansancio las esté venciendo.
Muchas aprenden a vivir entre dos mundos distintos: uno lleno de adrenalina, tragedias y presión; y otro donde necesitan convertirse nuevamente en refugio, paciencia y amor para sus familias.
Porque la emergencia no espera.
El accidente ocurre sin importar la fecha o si es Día de las Madres. El incendio no pregunta si alguien tiene hijos en casa. La ambulancia no se detiene porque una madre quisiera estar viendo bailar a su pequeño en la escuela. Y aun con todo eso, ellas continúan.
Continúan porque entienden que servir también es una forma de amar.
En cada institución de emergencia existen historias silenciosas que rara vez se cuentan. Madres que han dado reanimación a desconocidos mientras pensaban en sus propios hijos. Bomberas que han salido de incendios con lágrimas escondidas detrás del casco. Policías que trabajan jornadas interminables para darle un mejor futuro a su familia. Elementos del ejército que pasan meses lejos de casa cumpliendo responsabilidades que pocos soportarían.
Y quizá lo más admirable es que, pese a todo, pocas veces buscan reconocimiento.
Simplemente siguen adelante.
Porque la fortaleza de una madre dentro de los servicios de emergencia no se mide solo por su capacidad operativa, sino por mantenerse firme aun cuando emocionalmente todo pesa. Son mujeres que aprendieron a ser fuertes porque la vida y la profesión se los exigieron.
Hoy vale la pena reconocerlas.
Reconocer a esas madres que cambian tacones por botas, descansos por guardias y celebraciones por servicios de emergencia. A esas mujeres que demuestran que el verdadero heroísmo no siempre aparece en las películas, sino en quienes salen todos los días a cuidar a otros mientras también intentan cuidar de los suyos.
Porque detrás de cada uniforme también existe una mamá esperando volver a casa.
Nos leemos el próximo lunes
@llamada de emergencia



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