Por GUSTAVO GARCÍA SALAZAR
Hay lesiones que aparecen en una radiografía. Un hueso roto, una fractura, una herida. Son visibles, medibles y generalmente reciben atención inmediata. Sin embargo, existen otras heridas que no aparecen en ningún estudio médico, que no sangran y que muchas veces pasan desapercibidas incluso para quien las lleva consigo.
Son las heridas emocionales.
Quienes trabajamos en emergencias conocemos bien esta realidad. Paramédicos, bomberos, personal de enfermería, médicos, policías y rescatistas enfrentamos situaciones que la mayoría de las personas espera nunca vivir. Accidentes, incendios, enfermedades graves, pérdidas humanas y momentos de profundo sufrimiento forman parte de nuestro entorno.
Con el tiempo aprendemos a mantener la calma. Aprendemos a actuar cuando otros se paralizan, a tomar decisiones en segundos y a continuar avanzando aun cuando la situación es difícil. Desde fuera pareciera que nada nos afecta.
Pero detrás de cada uniforme hay una persona.
Alguien que también siente miedo, tristeza, cansancio, frustración e impotencia. Alguien que recuerda rostros, voces e historias que permanecen en la memoria mucho después de que termina el servicio.
La mayoría de nosotros puede recordar algún servicio que nunca olvidó. Tal vez fue un accidente, un incendio, una llamada en la madrugada o una situación donde todo ocurrió demasiado rápido. Son experiencias que nos acompañan durante años y que forman parte de quienes somos.
Sin embargo, pocas veces hablamos de lo que sentimos después.
En el mundo de las emergencias existe una cultura de fortaleza. Nos enseñan a resistir, a seguir adelante, a cumplir la misión y prepararnos para la siguiente llamada. Y esa capacidad es necesaria. Pero en ocasiones confundimos fortaleza con silencio.
Creemos que guardar lo que sentimos es parte del trabajo.
Y no siempre es así.
La salud mental es tan importante como la salud física. Nadie cuestionaría la necesidad de atender una fractura o una quemadura. Sin embargo, todavía existen personas que consideran que pedir apoyo emocional es una señal de debilidad.
La realidad demuestra lo contrario.
La depresión, la ansiedad, el agotamiento emocional y el estrés postraumático pueden afectar a cualquier persona. No distinguen edad, profesión, experiencia ni nivel académico. Tampoco siempre se manifiestan de forma evidente.
Muchas veces imaginamos a una persona deprimida como alguien aislado, triste o incapaz de realizar sus actividades diarias. Pero la realidad puede ser muy distinta. Hay personas que continúan trabajando, estudiando, sonriendo, ayudando a otros e incluso haciendo planes para el futuro mientras enfrentan una lucha silenciosa en su interior.
Por eso es tan difícil detectarla.
Porque algunas de las batallas más duras ocurren lejos de la vista de los demás.



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