CITRÓPOLIS || Manuel Peláez: el general que lo tuvo todo y murió en la pobreza

Por: José Gabriel Gómez Corrales

El 25 de junio de 1882 nació en Temapache Manuel Peláez Gorrochotegui, uno de los personajes más influyentes y controvertidos de la historia de la Huasteca, cuya vida estuvo marcada por el poder, el petróleo, la Revolución Mexicana y un final alejado de la riqueza que alguna vez acumuló.

El 25 de junio de 1882 nació en Temapache el general Manuel Peláez Gorrochotegui, un hombre que lo tuvo absolutamente todo: armas, dinero, poder y el control de la Huasteca en beneficio del capital petrolero. Sin embargo, su leyenda camina en la delgada línea entre la defensa de la vida rural y la custodia armada de los intereses transnacionales, convirtiéndolo en el caudillo más polémico de nuestra historia regional.

Su relevancia histórica comenzó a consolidarse en 1912, pero su preparación venía de tiempo atrás. En 1894 ingresó al Colegio Preparatorio Nacional en la Ciudad de México, donde fue compañero de aulas de Adolfo de la Huerta. Tras el fallecimiento de su padre en 1897, Manuel abandonó los estudios y regresó a Temapache para asumir el control de las propiedades familiares, justo cuando el brote del petróleo transformó sus fincas en fuentes inagotables de riqueza y lo convirtió en el principal asesor de los hacendados vecinos frente a las ambiciosas compañías extranjeras.

Tras un breve paso por la presidencia de su pueblo durante el movimiento maderista, Peláez rompió con el gobierno central. Su avance militar fue tan contundente que en 1914, aliado con Victoriano Huerta, le bastó una sola semana para controlar Papantla, Tuxpan, Ozuluama, Tantoyuca y Chicontepec, estableciendo su centro de operaciones en Temapache. Fue ahí donde ocurrió la tragedia. En 1915, las fuerzas carrancistas al mando de Agustín Galindo atacaron e incendiaron por completo el pueblo de Temapache. Este desastre provocó un éxodo masivo de la población hacia los campos petroleros en crecimiento, impulsando de manera decisiva la conformación de nuevas comunidades, entre ellas el campamento de El Álamo.

A pesar de los reveses, Peláez fortaleció su dominio cobrando millonarias contribuciones de guerra a las empresas extranjeras a cambio de protección armada. Al consolidar este «ejército petrolero», sus tropas funcionaron en la práctica como las primeras guardias blancas de la región, custodiando los pozos y los oleoductos del capital extranjero. Por esta razón, al promulgarse la Constitución de 1917, Peláez se opuso abiertamente a ella, defendiendo la antigua carta magna de 1857 que favorecía los privilegios de las compañías petroleras.

En 1920, el caudillo secundó el Plan de Agua Prieta en contra de Carranza junto a Álvaro Obregón, acompañándolo en su entrada triunfal a la capital del país, lo que le valió ser nombrado Jefe de Operaciones Militares en la Huasteca. Pero la alianza duró poco. En 1921, Obregón lo mandó en comisión militar a los Estados Unidos, una brillante estrategia política que el presidente aprovechó para desarmar a sus lugartenientes y desarticular por completo su ejército. Sintiéndose traicionado, Peláez regresó en 1923 e intentó armar una rebelión a favor de su antiguo amigo de escuela Adolfo de la Huerta, en contra de Obregón y de Plutarco Elías Calles, pero fue detenido antes de combatir.

Calles lo encarceló por poco tiempo y, al recuperar su libertad, el general se refugió discretamente en su rancho. Sin embargo, al estallar con furia la Rebelión Cristera en 1926, el gobierno callista entró en pánico ante la posibilidad de que un líder con el arrastre de Manuel Peláez y con acceso al dinero del petróleo apoyara el movimiento católico. Pretextando su peligrosa presencia en la región, el régimen asestó un doble golpe en 1927: la Legislatura del Estado emitió el decreto que trasladaba la Cabecera Municipal hacia el pueblo de Álamo para desmantelar su viejo bastión, mientras que el gobierno federal lo expulsaba violentamente del país, enviándolo a un largo exilio en Houston, Texas.

El ocaso definitivo del caudillo se completó en el destierro. Su regreso a la patria solo fue posible años más tarde, bajo el cobijo de la amnistía promovida durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, quien tras romper con el callismo permitió el retorno de los viejos revolucionarios exiliados. Despojado de sus antiguas glorias y de la bonanza económica de antaño, el hombre que alguna vez dominó la Faja de Oro gracias al dinero del crudo, pasó sus últimos años en la pobreza, viendo cómo el gobierno expropiaba las tierras de su familia.

Falleció en su cama en el año de 1959, cerrando así uno de los capítulos antropológicos y militares más intensos y fascinantes de la Huasteca Veracruzana.

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